Cuento 19: Un Acto de Valentía Cotidiana

 Después de leer un capítulo sobre la superación del miedo escénico en un libro de autoayuda y recordar mi primera presentación oral importante en la universidad, quise escribir sobre ese tipo de valentía que no sale en las películas.


El miedo escénico no se manifiesta en mí con temblores incontrolables o desmayos. Es más sutil, pero igual de paralizante. Es una sequedad repentina en la boca, un cosquilleo ansioso en el estómago que asciende hasta la garganta, una neblina en el cerebro que parece borrar todo lo que había memorizado. Es la sensación de que todos los ojos están fijos en mí, juzgando cada palabra, cada gesto. Y antes de mi primera gran presentación oral en la universidad, todos estos síntomas se alinearon para formar una barrera formidable entre yo y el pequeño estrado al frente del aula.


La presentación era importante. No solo por la nota, sino porque era la primera vez que debía exponer mis propias ideas, mi análisis, ante mis compañeros y un profesor exigente. Había pasado días investigando, estructurando mi discurso, ensayando frente al espejo. Sabía el material. Pero el solo pensamiento de ponerme de pie, caminar esos pocos metros hasta el frente y empezar a hablar me llenaba de pavor.


La noche anterior, apenas dormí. Repasaba mentalmente mis notas, anticipando preguntas difíciles, imaginando escenarios catastróficos: olvidando mi texto, tropezando, que nadie entendiera lo que decía. Leí un capítulo de un libro de autoayuda sobre el miedo, que hablaba de la valentía no como la ausencia de miedo, sino como la acción a pesar del miedo. Sonaba bien en teoría, pero en ese momento, mi miedo se sentía insuperable.


Llegó la hora de la clase. Sentado en mi silla, observando a otros compañeros hacer sus presentaciones con aparente facilidad, mi ansiedad creció. Mi turno se acercaba. Sentía el corazón latiéndome en los oídos. El aire en el aula parecía volverse denso. La neblina mental empezó a instalarse. Quería que la tierra me tragara. Quería que el profesor anunciara que la clase se cancelaba. Quería ser invisible.


Mi nombre fue pronunciado. Fue como una campana fúnebre. Por un instante, me quedé inmóvil. El miedo me decía: "No te muevas. Quédate sentado. Invita a que la tierra te trague". Pero entonces, recordé la frase del libro: *la acción a pesar del miedo*. No necesitaba sentirme valiente; solo necesitaba *actuar*.


Fue un pequeño acto de voluntad. Poner un pie delante del otro. Levantarme de la silla. Caminar esos escasos metros que en ese momento parecían una travesía épica. Cada paso era una pequeña victoria sobre el pánico. Llegué al estrado. Las caras de mis compañeros eran una mancha borrosa. El profesor me miraba, expectante.


Abrí la boca. La primera palabra salió raspada, casi inaudible. Pero salió. Respiré hondo, intentando calmar el latido furioso de mi corazón. Encontré un punto en la pared trasera para fijar la mirada, en lugar de los ojos de la audiencia. Empecé de nuevo, un poco más fuerte. La segunda frase fue más fluida. Y la tercera.


No fue perfecto. Olvidé un punto clave. Dudé en una respuesta a una pregunta. Mis manos gesticulaban un poco torpemente. Pero hablé durante todo el tiempo asignado. Comuniqué mis ideas. Respondí a las preguntas lo mejor que pude. No me desmayé. No salí corriendo del aula. Terminé.


Al regresar a mi asiento, temblando ligeramente, sentí una oleada de alivio. Pero más que alivio, sentí orgullo. No por la calidad de la presentación en sí (que probablemente fue mediocre debido a los nervios), sino por haberlo hecho. Por haber enfrentado mi miedo y haber actuado a pesar de él.


Esa experiencia, que parece tan trivial en comparación con actos heroicos en películas, fue para mí un acto de valentía fundamental. Me enseñó que la valentía cotidiana no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de reconocerlo y, aun así, dar el paso. Que los grandes desafíos personales a menudo se ganan en pequeños actos de voluntad, en esas decisiones silenciosas de no permitir que el miedo te paralice. Aprendí que soy más fuerte de lo que creo, y que la superación personal rara vez ocurre en una zona de confort. Ese día, en ese pequeño estrado, no solo presenté un tema, sino que me demostré a mí mismo mi propia capacidad para ser valiente, un paso a la vez.

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